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LA CONTRACULTURA DE LOS 70 INFLUYÓ EN EL TEA PARTY Y EN LA ALT RIGHT

Los amigos hippies de Trump o cómo la contracultura ayudó a la ultraderecha

Imaginamos la contracultura como un movimiento juvenil y contestatario venido a hacer la Revolución y traer un mundo más justo y más libre. Sin embargo, cada vez más autores señalan su importante papel en la implantación de la hegemonía neoliberal y hasta en el carácter de fenómenos ultraderechistas como el Tea Party o la 'alt-right' estadounidenses, además de una suculenta fuente de ingresos para el capitalismo rampante.

Agosto, 1969, Festival de Woodstock Getty Images

Cuando hablamos de la contracultura nacida en los años 60, se nos vienen a la cabeza las manifestaciones anti-Vietnam, las comunas hippies, el virtuosismo zurdo de Jimmy Hendrix, los vientos de libertad, los disturbios anarcoides de mayo del 68, la búsqueda de la playa sepultada bajo los adoquines del sistema.

La Revolución. La contracultura llegó para quedarse, y hoy vivimos en una sociedad permeada por algunos de sus valores: la libertad sexual, la defensa del individuo y las minorías, la creatividad, el anticonformismo, la espontaneidad, la desconfianza en la autoridad, el sé tú mismo. La contracultura triunfó, pero demasiado.

Resulta que cada vez más autores señalan a la contracultura como uno de los pilares de la hegemonía neoliberal que, aprovechando ciertas coyunturas económicas, consiguió derrotar al keynesianismo en la escena global y socavar muchos de sus avances, como el Estado del Bienestar.

Hoy en día la creatividad, la imaginación, la relajación de las costumbres sirven para anunciar cochazos y zapatillas deportivas, o para apuntalar la Ideología Californiana de Silicon Valley (véase la distendida cultura empresarial de Google o la particular idiosincrasia de Steve Jobs). En el lado ultramontano se ven trazos contraculturales de brocha gorda en movimientos de extrema derecha como el Tea Party o la llamada ' alt right ' estadounidense.

La protesta la usa la publicidad

Una de esas autoras es la británica Jenny Diski, fallecida en 2016, cuyo libro 'Los sesenta' acaba de publicar Alpha Decay. Se trata de una crónica personal de aquellos años en los que Diski se inyectaba metedrina, asistía a marchas antinucleares, follaba por doquier y flipaba con Hendrix y compañía desde el ‘swinging London’.

Los ‘baby boomers’ británicos y estadounidenses, opina Diski, se creían estar creando un mundo nuevo, "pero vimos cómo el radicalismo que creíamos entender y encarnar se convertía en un radicalismo con el que nosotros, ignorantes e ingenuos, nunca habíamos soñado".

Agosto de 1969, Woodstock | Getty Images

Hoy la protesta radical se utiliza en campañas publicitarias como la que ha retirado recientemente Pepsi por el escándalo generado: la modelo Kendall Jenner encabezaba una manifestación bastante 'cool', lo que creó indignación por la apropiación de los símbolos propios de la reivindicación (aparece hasta un trasunto de la legendaria foto de la flor y la bayoneta durante las manifestaciones anti-Vietnam).

De hecho, como explica Thomas Frank en ‘La conquista de lo cool’ (Alpha Decay), el capitalismo nunca vio en la contracultura una amenaza sino más bien una nueva forma de extraer suculentos beneficios. Ya saben: la camiseta del Che Guevara, etc.

"Los sesenta son algo más que la patria del inconformismo, son la plantilla comercial de nuestros tiempos, un prototipo histórico para la construcción de máquinas culturales que transforman la alienación y la desesperación en conformismo", escribe Frank.

Todo este fenómeno de asimilación también llegó al mercado de las ideas políticas. Con la irrupción de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, en los años 80, la llamada Revolución Neoliberal (ojo al uso del término Revolución, apropiado de la izquierda), hay una reestructuración del mapa conceptual, y muchas ideas contraculturales e izquierdistas pasan a significar otra cosa.

Neocoms, yippies y hípsters

"Realmente, no vimos venir ese nuevo mundo basado en el individualismo feroz y la sacralización del beneficio", dice Diski. Un ejemplo paradigmático de esta deriva es el de Jerry Rubin: fue líder, junto con Abbie Hoffman, del radical y psicodélico Youth International Party (los yippies, que trataron de hacer levitar el Pentágono telepáticamente y presentaron a un cerdo a la presidencia de EE. UU.), que acabó abandonando la causa rebelde para convertirse en un yuppie ochentero orgulloso de su tarjeta Visa.

Agosto de 1969, festival de Woodstock | Getty Images

El hípster, una subcultura juvenil despolitizada que ama las marcas 'mainstream' antes que el compromiso 'underground', que prefiere las mieles del consumo (aunque sea 'responsable') antes que la rebeldía, es, como señala Víctor Lenore en su polémico panfleto 'Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural' (Capitán Swing), un ejemplo de cómo han cambiado las cosas dentro de la herencia de lo contracultural.

"El neoliberalismo construyó un nuevo sentido común que llegó a cooptar y, con el tiempo, dominar la terminología de la 'modernidad' y la 'libertad' -una terminología que hace 50 años hubiera tenido connotaciones muy distintas. Actualmente, es casi imposible pronunciar estas palabras sin evocar de inmediato los preceptos del capitalismo neoliberal", escriben Nick Srnicek y Alex Williams en el reciente 'Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo' (Malpaso).

La libertad es solo economía

En efecto, hoy en día el concepto de libertad (una falsa libertad ‘negativa’ basada en la libertad puramente económica) ha pasado al arsenal ideológico de la derecha liberal, que la ondea como bandera, obviando que una mejor libertad incluye el bienestar material para todos o unos servicios públicos fuertes. Es decir, que es difícil ser libre cuando se es pobre, mientras que las sociedades occidentales son cada vez más desiguales y están más empobrecidas.

Agosto, 1969, Festival de Woodstock | Getty Images

La libertad y la modernidad, claro está, fueron ideas fundamentales en la contracultura de los años 60. Era revolucionaria. El neoliberalismo también fue revolucionario, como señala Fernando Escalante en su valiosa ‘Historia mínima del neoliberalismo’ (Turner), criticando a los estados, los partidos, el 'establishment', especialmente a los sindicatos (como los que aplastó Thatcher), defendiendo al hombre de la calle a través de los mercados libres, a través de su idea de libertad.

Aquí es donde entran las posturas del Tea Party, que, por ejemplo, en el caso de la sanidad estadounidense, enfrentó el Obamacare, pensado para dar cobertura a millones de personas, como una intromisión de corte comunista en la libertad del americano medio, el ‘average joe’.

La llegada del Tea Party

El Tea Party tiene su ramalazo contracultural (no en vano Moe Tucker, que fue batería de The Velvet Underground, es parte del movimiento) y bebe de una cultura de protesta callejera tomada de la izquierda y poco común en el historia del conservadurismo.

En esa línea trabaja la llamada ' alt-right ', o derecha alternativa estadounidense, profundamente extremoderechista (supremacía blanca, antisemitismo, nacionalismo, filonazismo), pero, aún así, contracultural a su manera: son los chicos malos, rebeldes y provocadores, los radicales dentro de la órbita republicana, enemigos de la corrección política y el ‘establishment’, los que rechazan el conservadurismo tradicional adelantando por la derecha, los partidarios de poner en marcha una guerra cultural contra las minorías.

Agosto de 1969, Woodstock | Getty Images

El bloguero ultraderechista Milo Yiannopoulos, miembro destacado de la 'alt-right' (abiertamente gay, que luce una estética 'cool' caracterizada por un moderno peinado rubio oxigenado, gafas de sol y ocasionales foulards, también muy lejos del conservadurismo tradicional), ha comparado el nacimiento de su movimiento con las protestas de mayo del 68.

Algunos les han llamado ‘nazi punks’: la rigidez moral de la última izquierda ha permitido que la derecha se cuele por el camino de la transgresión. ¿Es el autobús tránsfobo de Hazte Oír una estrategia contracultural adoptada por el enemigo?

De mayo del 68 al 15-M

La citada cultura de la protesta a veces crea confusiones entre unas cosas y otras. Por ejemplo, al suceder el movimiento 15-M en España, muchos lo compararon con las revueltas de mayo del 68, cuando, desde cierta perspectiva, la cosa era diametralmente opuesta.

Mientras que en el 68 se pedía menos paternalismo estatal, en una época considerada como la Edad de Oro del capitalismo, que aunó fuertes crecimientos económicos con fuertes mejoras sociales, en el 15-M se pedía justamente lo contrario: más Estado, mejores servicios públicos, educación, sanidad, pensiones, la preservación del Estado del Bienestar.

Se dijo que era antisistema (o contracultural, pues en la Puerta del Sol se acampó a lo hippie, se celebraron ‘gritos mudos’ y se dibujaron soles sonrientes), pero en realidad lo que se pedía era un sistema mejor y una mejor democracia.

Agosto, 1968, festival de Woodstock | Getty Images

La derecha hace suyas las utopías

Lo más grave, tal y como señalan Srnicek y Williams, es que la derecha neoliberal se ha apropiado de la noción de futuro, de progreso: si antes la izquierda era la que proponía utopías hacia las que caminar, ahora es el neoliberalismo el que ha dejado a la izquierda anticuada dentro del imaginario colectivo y propone su futuro de ‘modernización’: libre mercado, flexibilidad, precariedad, emprendimiento y que cada cual compita y se busque el propio camino en un clima de competitividad, en vez de cooperación, la muerte del 'nosotros'.

"Desde la incomodidad de la izquierda radical con la modernidad tecnológica hasta la incapacidad de la izquierda socialdemócrata para imaginar un mundo alternativo, hoy en día, en todas partes, el futuro ha sido cedido casi por completo a la derecha", escriben los pensadores británicos.

Agosto, 1968, festival de Woodstock | Getty Images

En las grandes ciudades, el futuro neoliberal es la gentrificación, que pone un bonito lazo de cupcakes y comida orgánica a la expulsión de los habitantes de los barrios y la creación de parques temáticos para los turistas, rentabilizados por los capitales internacionales.

La izquierda va perdiendo la partida conceptual: no hace mucho Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, dijo que hoy en día lo moderno es ser liberal, frente a un rancio izquierdismo de puño en alto. Tenía razón.

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