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NUEVA PELÍCULA DE ARONOFOSKY

El Aronofsky que más nos gusta aparece cuando rueda pesadillas como ‘Madre!’

Madre! es la nueva película de terror psicológico que está dividendo tanto a críticos como a público este año. En ella, el director Darren Aronofosky vuelve a empujar los límites de lo aceptable dentro del cine comercial estadounidense, y es en esa faceta en la que más nos gusta. Recapitulamos su faceta de agitador de butacas para saber por qué su última película encaja tan bien con ella.

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Que el director Darren Aronofsky es un adicto a tocar la moral es algo que queda claro desde, más o menos su debut en los noventa. A tocar la moral al espectador por ofrecer algo que le escupe en la cara y le desafía de tú a tú y, también, a tocar la moral a la crítica menos permeable a sus desmanes, cuya actitud ante su trabajo suele ir endureciéndose con el paso de los años, conforme se acostumbran al perfil del látigo de su cine y creen haberle cazado el truco.

Pero la capacidad del director para sorprender se subestima y ahora nos lanza un tartazo a la cara con ‘Madre!’, una inquietante y desmadrada encrucijada que explora alegorías bíblicas y tropos de terror surrealista. El elenco no es cualquier cosa e incluye grandes cachés como Jennifer Lawrence y Javier Bardem, de la mano de mitos como Michelle Pfeiffer y Ed Harris. Una nueva adición a su filmografía más oscura y provocadora.

Desde que Aronofsky utilizara la complejidad del número ‘Pi’ para explorar la belleza de las posibilidades infinitas de la vida, tal y como aparecen a través de algoritmos matemáticos y números, se convirtió ejemplo perfecto de experimentación en el cine asimilable por públicos más amplios. Una película difícil de vender: con un solo actor, deliberadamente confusa, en blanco y negro, con poco diálogo y un progreso a ritmo de caracol.

En ella comenzó también su afición a inspirarse en fuentes de cine extraño y surrealista, en este caso la japonesa ‘Tetsuo’, la serie ‘Twilight Zone’ de Rod Serling y los cómics de Frank Miller. Pero lo más importante es cómo nos metió de lleno en la anatomía del caos y, a través de la mentalidad de sus personajes, derivamos con ellos en la tormenta que supone salirse de las líneas establecidas, desviarse, derrapar o directamente descarrilar.

Un buen ejemplo de ello es ‘Requiem for a Dream’ un drama que se iba tornando en una espeluznante ópera de horror que exploraba las distintas deformaciones de la adicción a las drogas entre los estadounidenses. Su estilo cinético le ganó una aclamación casi unánime a pesar de los temas controvertidos y se sigue considerando una de las mejores películas de inicio de siglo. Pero claro, brazos gangrenados por jeringas, dildos de doble acabado y ancianas adictas a pastillas parecen maniqueísmos demasiado grotescos para la sección revisionista, que no perdona su mentalidad moralista hacia el tema de las drogas, una actitud bastante conservadora en sí, deudora de la canallería cool más rancia de los 60 y los 90.

Ilustración de Jennifer Lawrence | Aronofsky

Le seguirían dos piezas más accesibles, emotivas y fáciles de digerir. Tanto ‘La fuente de la vida’ como ‘El Luchador’ son ejemplos de exploración del dolor humano, con cierta fijación por el cuerpo como receptor pero más ubicadas en el drama, pese a los escarceos fantásticos de la primera. Pero fue finalmente en ‘Cisne negro’ cuando retomaría su deuda con los maestros del terror psicológico para ofrecer un thriller sobre el lado oscuro del mundo del ballet contado a través del extenuante desgaste psíquico y físico de una tremenda Natalie Portman, que obtuvo un merecido Óscar.

En ella, Aronofsky desmenuzaba la complicada relación entre los bailarines y la competitividad que existe en el mundo de la danza profesional con guiños al cine de Argento, y algunas apropiaciones directas a películas como ‘Perfect Blue’ y ‘Etoille’. Después de aquella, volvió a parcelas más amables con la revisión del episodio del arca de la alianza de la biblia en ‘Noé’, en la que convertía un relato del antiguo testamento en un cómic, un péplum post‘El señor de los anillos’ con monstruos de piedra que provocaba de nuevo iras entre los evangelistas y fundamentalistas americanos por su irreverencia. Convertir el texto sagrado en una mitología comparable a lo que hace ‘Furia de Titanes’ con la griega, es un desafío, cuanto menos, sutil.

Y aunque ‘Madre!’ parezca tener poco que ver con aquella, hay muchos puntos en común, en cuanto ambas tratan el tema del cambio climático a través de la exploración de alegorías bíblicas. Si ‘Noé’ desmitificaba las escrituras a base de CGI aquí las reconstruye con simbolismos ocultos, representaciones teatrales, tropos del cine de terror y el surrealismo de ‘El Angel exterminador’ de Buñuel o ‘El Unicornio’de Louis Malle.

Aronofsky deriva por el cine europeo y, sobre todo la zona Polaca con Has, Zulawski y Polanski desgranando una metáfora quizá demasiado mecánica, pero no menos elocuente, en cuanto a su análisis del proceso creativo y el ego de los artistas. Tras invocar a Artaud y Arrabal podría decirse que el cineasta usa el antiguo y nuevo testamento como guion gratuito de una elucubración trasnochada de su ego, pero en realidad nos habla de nuestra maleabilidad colectiva, el tribalismo religioso y nuestra capacidad para destrozar el mundo generación tras generación. Y todo eso sin salir de una misma casa.

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