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LA PRESENCIA DEL MAGNATE EN LA NOVELA

Donald Trump, el gurú de American Psycho, ya es presidente de los EE UU

La obsesión por el nuevo Presidente de los Estados Unidos de América no se ha creado de la nada. Sus promesas electorales, dignas de un villano caricaturesco de alguna película de acción barata, no han sido la única razón por la que este personaje, mediático desde bien jovencito, ha llegado a la posición de mayor poder de la civilización occidental. Exploramos la novela American Psycho y la fijación de su personaje, Patrick Bateman, por la figura del magnate a finales de los 80.

Christian Bale interpretó a Patrick Bateman en el cine. D.R.

Trump merece un libro, o dos, sobre él, porque es un villano demasiado perfecto. Y sí, la cultura popular americana se ha aprovechado de ese esto. ¿Por qué? Pues en parte, porque su imagen de triunfador, de dandy todopoderoso y sexy, ayudó a modelar una imagen de éxito empresarial, de bróker de bolsa, de lobo de Wall Street que validó las aspiraciones de toda una generación en los ochenta, impactando en la cultura popular no solo con sus apariciones, cameos y actuaciones en películas y series de todo tipo: tiranos, de películas como Regreso al futuro II (1989) o Gremlins 2: la nueva generación (1990) se parecían a él no sólo físicamente.

En la antibiblia de la sociedad ochentera, Brett Easton Ellis construyó a la criatura más temible de los felices noventa describiendo una etapa de celebración de la pasta y añadiendo la moderna obsesión y culto por la figura del asesino en serie, que hacía estragos en esos años. El equivalente al monstruo de la Universal en la gran depresión.

La novela presentaba a un joven perturbado, un yuppie de Manhattan, cuyo materialismo es tan absoluto que se dedica a describir con pelos y señales cada una de las marcas de sus productos para cuidarse la cara, para lucir perfecto, toda su música o su tarjeta de visita. Con la misma minuciosidad, describe todos los pasos de sus sádicos y sangrientos asesinatos, dejando un final abierto a interpretaciones.

La idea del libro, mostrar la espiral de vacío del consumismo hasta llegar a matar (o imaginarlo) para intentar llenar o traspasar algún límite que ya no queda, era una evocadora muestra del sinsentido de toda una cultura. Easton Ellis llegaba más allá, puesto que sin que ni siquiera entregándose las cosas le podían salir mal. Una irónica coda que tiene su correspondencia en las palabras de Donald Trump durante su campaña electoral, en las que clamaba que podría disparar a alguien en medio de la quinta avenida y aún seguir siendo el más votado. Y probablemente no se equivocaba.

Alguno de nosotros, supo algo de Trump, por primera vez, como un personaje de la novela American Psycho. Es una de las obsesiones de Patrick Bateman, de tal manera que el nombre de Trump (o la de su entonces esposa Ivana , o de su torre) se mencionan hasta veinticinco veces en todo el texto. Bateman es un seguidor del magnate, hasta tiene su libro 'The Art of the Deal', como evidencia el pasaje en el que un detective se acerca a su oficina en Wall Street para preguntar por un banquero desaparecido. Bateman, que ya ha descrito cómo asesinó a ese hombre, hace todo lo posible para mantener la calma.

Durante un incómodo silencio, señala un libro en su escritorio.

- "¿Lo ha leído? Pregunta Bateman.

- No, ¿Es bueno?, responde el detective

- Es muy bueno, asevera Bateman."

Durante toda la novela, Bateman sufre algunos momentos de neurosis, especialmente cuando se ve en aprietos de algún tipo o cuando su ego se ve atacado por no poder encajar realmente en el mundo de lujos y fieras competitivas en la que necesita estar, pertenecer, a cualquier precio. Su mantra en esos momentos es pensar en Donald Trump, y a veces, cuando se le aparece encuentra cierta calma, cierto cabo en el que agarrarse y seguir adelante.

"¿Es ese el coche de Donald Trump? Le pregunto, mirando a la limusina de nuestro lado en medio del atasco ..." o en otro momento, cuando algo le recuerda su existencia, se autosugestiona "La impresión decolorada de Donald Trump, en las portadas de la revista Time que cubren las ventanas del restaurante abandonado que solía ser el Palaze, me llenan de una confianza renovada."

Es tan patológico que hasta moldea su opinión previa. Cuando un amigo pide una Pizza en Pastels, Bateman lo reprende insistiendo en que los bordes de esa pizzería "son demasiado finos porque el cocinero de mierda que tienen hornea todo de mas". Varios capítulos más adelante, su amigo le lee un artículo de Donald Trump en el que alaba la calidad de la pizza de Pastels, a lo que Bateman responde: "Escucha, si la pizza de Pastels le parece bien a Donny ... a mí también". El apodo cariñoso que utiliza, como si le conociera, responde a una apropiación casi infantiloide de su ídolo. Su máxima aspiración es entrar en la lista de invitados de la fiesta de Navidad de Trump en su yate.

Su fijación llega hasta tal punto que empieza a crearse ilusiones, inventar situaciones como un tarado, que van vueltas a la presencia del empresario. En una ocasión, cuando se encuentra con su hermano, le dice: "Vamos a una fiesta que da Donald Trump ... será divertido ... Donald es un buen tipo. Deberías conocerlo ... te ... te lo presentaré". Bateman no conoce a Trump, lo adora en la distancia hasta tal punto que tiene ese tipo de fantasías. Incluso su novia explota: "¡Otra vez Donald Trump no ... tienes que dejar de una vez esa obsesión!"

Aunque el Trump de los ochenta no fuera predicando sus promesas racistas y sus delicadas técnicas de seducción con las mujeres, la figura de una clase alta ajena a los problemas de la gente de la calle, la figura del triunfador asociada a cuán buena esté tu pareja etc… deja clara la pauta que el estereotipo de chico joven y forrado, con traje y gomina tienen de las minorías. A pesar de su mascarada progresista delante de sus amigos, en un momento del texto, Bateman asesina a un mendigo de raza negra apuñalándolo mientras le llama perdedor (una coletilla típica de Trump) y negro de mierda. Tiene un odio crudo por las mujeres y las minorías, carece de empatía y fantasea constantemente con la violación y la violencia.

Hacia el final de su aventura, cuando ha confesado los asesinatos, caminando por las calles de Nueva York, describe un pasaje triste y desolador de la ciudad, un lugar nublado y lleno de oscuridad que acompaña a su estado de ánimo hasta que: "Me doy cuenta de que el horizonte ha cambiado recientemente. Miro hacia arriba, con admiración, la torre Trump en las alturas, resplandeciente con orgullo al sol de la tarde." Preguntado por este tema particular, Brett Easton Ellis dijo que Bateman no habría apoyado a Trump en 2016. "El Trump de hoy no es el Trump de 1987... ahora parece estar dando voz a los votantes blancos cabreados de clase obrera... en su día pensé que era gracioso que Patrick Bateman quisiera aspirar a ser Donald Trump, pero no sé si pensaría eso hoy."

Quizá Patrick Bateman rechazara la idea de esa América redneck que representa ahora Donald Trump, quizá el dandy, delgado y elegante, que tenía como mentor imaginario no se corresponda con el hombre rabioso que va a dirigir el país los próximos cuatro años, pero en el fondo, ese joven de tupé rubio que predicaba ganar a cualquier precio sigue siendo el mismo y tan solo se ha puesto esa máscara populista para llegar hasta su fin. No. American Psycho no trata sobre un doble de Donald Trump que se dedica a asesinar prostitutas, Trump es un manto de seguridad, una figura que se le aparece cuando Bateman pierde la fe en sus principios casi nihilistas. Ambos son una broma de mal gusto, tan exagerada e increíble que los convierte en villanos memorables.

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