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LA PRESIÓN ES MAYOR SOBRE LAS MUJERES

Cuando un pedo lo cambia todo: escatología en las relaciones, la barrera final

La escatología forma parte de la intimidad individual de toda persona, de eso no cabe duda, y tan individual es la decisión de mostrar o no esa parte de la realidad cotidiana y aceptar o no la de los demás. Hablamos con personas con diferentes enfoques a la hora de compartir o no la escatología. Un asunto que puede ponerse divertido pero también muy peliagudo.

Adolescente en el cuarto de baño ondacero.es

Los contextos son muy relevantes a la hora de abordar esta cuestión. El entorno laboral, el familiar, el amistoso, el romántico y el sexual no se afrontan con la misma actitud. Curiosas normas rigen los diferentes ambientes en este sentido y las entrevistas muestran lo que ya sospechamos, que alrededor de las relaciones románticas y sexuales se palpa una tensión tremendamente estresante en lo que a escatología se refiere.

Con la orina no parece haber problema en ningún caso. Por lo general se concibe la acción de miccionar como natural, comprensible, necesaria y a veces incluso simpática. No se da un tabú alrededor, y hace falta acudir tantas veces al día para evacuar la vejiga que nadie se sorprende. El problema, que puede llegar a ser bastante grave, aparece cuando hablamos de las necesidades del aparato digestivo, de las evacuaciones gaseosas, líquidas o sólidas que necesitan ser expulsadas a través del conducto anal.

A Minerva, de treinta y cuatro años, este asunto siempre le devanó los sesos: “Desde pequeña me preocupó mucho este tema, me parecía muy difícil de coordinar. Para empezar, ya de niña me enseñaron que con gente de confianza no pasaba nada, pero mi madre, que conmigo y mi abuela no tenía problema, con mi abuelo y mi padre se volvía remilgada y pudorosa".

"Me parecía ridículo separar así el comportamiento por géneros. Además ellos se tiraban pedos enormes delante de nosotras y no era para tanto. La idea de vivir con alguien en pareja y preocuparte de forma diaria de esconder todo eso me resultaba muy complicada. No basta sólo con ir al baño a ocultarlo y hacer como si no existiera, sin mencionarlo nunca”.

A Maribel, de treinta y tres, la situación ha llegado a parecerle verdaderamente dramática: “Yo siempre fui flatulenta y me di cuenta de que esto iba a ser un problema. Con mis amigas siempre procuré romper la barrera de los pedos y la caca cuanto antes, y si les molestaba pues no podíamos ser amigas y punto. Era crucial para mí. Mis mejores amigas y yo hemos compartido pedos y nos hemos reído y hemos podido estar charlando mientras una de las dos cagaba sin darle importancia en absoluto".

"Hablábamos a menudo de cómo teníamos las tripas como algo de interés cotidiano, relacionado con el bienestar general. Cuando empecé a salir con chicos noté que el tema era muy difícil de abordar y se volvió muy angustioso para mí. Podrá sonar a chiste pero me preocupaba muchísimo, de verdad”.

Lo que esperaba Maribel era encontrar un compañero sentimental y sexual con el que compartir la misma intimidad cotidiana que con sus amigas, pero esto no resultó nada fácil: “Era imposible sacar el tema, había que haber como si no existiese. Con mis primeros novios, entre los dieciséis y los veinticuatro años, había que comportarse como si fuéramos ángeles o algo así. Reinaba un pudor malsano, ellos también se aguantaban y yo no paraba de preguntarme si no les dolía la tripa como a mí, si no aprovechaban los baños públicos como yo, porque a mí el malestar me obsesionaba".

"Recuerdo aguantarme hasta algún baño público y que allí por los nervios o la falta de comodidad o todo de repente la maquinaria se atascaba y no me salía ni un triste pedito. Pasar un fin de semana juntos me hacía mucha ilusión pero por otro lado era un calvario por esto mismo. Mi pesadilla era compartir unas vacaciones. Recuerdo vacaciones arruinadas por el tabú de la escatología. La solución clásica de acudir al baño es muy precaria, estoy acostumbrada a espacios pequeños donde el baño está ahí al lado, es lo mismo, da la misma vergüenza que si estuviéramos en el sofá. No paraba de hablar de ello con mis familiares y amistades en busca de consejo, pero la mayoría de la gente gente estaba en mi situación y vivía resignada”.

Esta resignación tan extendida viene dada a veces por una reciprocidad. Aunque te duela el vientre, entiendes que no debes sucumbir a tirarte el pedo en compañía de la pareja por dos motivos: el primero, el miedo a un juicio cruel y a que dejen de mirarte con buenos ojos; el segundo, crucial, que a ti tampoco te gustaría escuchar su pedo, que cruzar esa frontera rompería cierta magia irreal. El testimonio de Maribel lo confirma:

“Cuando hablaba con otras personas sobre el tema me llamaba la atención que lo concebían como un sacrificio de carácter mutuo. Una prima mayor en la que confiaba mucho me dijo que entendía que su novio no quisiera tener conciencia de sus pedos y su caca porque ella sentía lo mismo hacia él".

"Ambos preferían en acuerdo tácito, porque de esa tema ni se llega a hablar, es como si no existiera, mantener completamente oculta esa realidad. Me parece monstruoso. Llegó un momento en que se convirtió en un requisito esencial para mí a la hora de tener pareja. O lo compartimos o nada, yo así no puedo vivir, haciendo como que soy un ser de luz”.

El camino de Maribel fue arduo: “Todas estas historias suenan un poco a coña pero para mí ha llegado a ser doloroso, ¿eh? Y no ya sólo en lo cotidiano que estamos hablando, sino que guardo historias muy tristes y humillantes de tíos que me han tratado como si fuera repugnante por probar sexo anal conmigo y que no estuviera esterilizada por dentro".

"Esta pena la he compartido con mis amigas y es muy frecuente. Algunos te exigen que seas una especie de muñeca aséptica y si se encuentran con que no lo eres te llaman cerda y se ofenden como si les hubieras hecho daño tú a ellos dando asco o algo así, me enfada mucho todo este asunto. ¿De qué esperan que estén rellenos nuestros culos, de flores?”.

Julia, de treinta y seis, ha sentido idénticas preocupaciones y ha llegado a servirse de esta controversia para realizar un test peculiar: “Viendo cómo está el patio, si no nos conocemos mucho a estas alturas me gusta hablar un poco con la persona con la que voy a tener sexo para ver si vamos a ser compatibles, para establecer cierto consenso y eso".

"Si se habla de sexo anal, que a mí me suele interesar, yo presiono de entrada, en plan si mi culo no está impoluto no me vayas a montar un drama porque no tienes derecho. Hay tíos que se ríen y lo entienden perfectamente, que ya contaban con ello. Pero si alguno se pone nervioso en este punto, que a veces pasa, si hace algún comentario despectivo o insensible, si no puede lidiar con la idea de que yo sea un ser humano normal, se me quitan las ganas de follar con él.”

Aitor, de treinta y uno, está completamente a favor de una intimidad lo más íntima posible: “A mí la escatología me hace gracia y hasta le puedo ver el punto romántico en el sentido de que significa que te conoces mucho con la otra persona, que la relación es muy estrecha, que es lo que a mí me interesa más. Aparte de que sea un agobio tenerte que aguantar o estar disimulando. He estado con chicas que al principio eran muy reacias pero que a base de compartir espacios pequeños fueron dejando atrás el tabú porque no quedaba otra, y a mí siempre me pareció que cruzar esa frontera era positivo, un momento crucial en la relación en el que por fin te muestras sin tapujos. Siempre empieza uno de los dos y el otro va detrás, y eso hace que se forme un vínculo muy gracioso y familiar.”

Romper la barrera puede ser un paso complicado de afrontar. Para Maribel ocurrió por casualidad: “Un día, cuando llevaba poco tiempo con mi novio, se me escapó un pedo, así de fácil. Él se dio cuenta y nos reímos. Sospechaba que con él no iba a ser un problema porque bromeábamos mucho con el tema y resultaba familiar. Supongo que por eso también me relajé y se me escapó. Qué alivio sentí al ver que por fin había pasado y no había ninguna repercusión negativa. Estaba deseando que ocurriera, aquel pequeño gas me arregló la vida, ya no tenía que esconderme más.”

Para Lucía, de veintinueve, resulta un proceso mucho más sencillo e inmediato: “Yo me he criado con cuatro hermanos en una casa con un solo cuarto de baño y allí no se podían tener tonterías, nos apañábamos como podíamos y era frecuente que hubiera mucha gente en el baño en las horas punta, por la mañana o antes de salir por ahí que nos queríamos arreglar todos a la vez. Ahí estaba yo cagando mientras mi hermano se peinaba y mi hermana chica se lavaba los dientes y mi otro hermano se duchaba. Así que yo cuando estoy en la casa de algún noviete es que ni lo pienso, lo voy haciendo todo como surge. Alguno me ha dicho que vaya, que qué bruta, pero es que me da igual, me parece una ingenuidad. Y al final, si lo tratas con naturalidad, pierde toda la importancia, por lo menos mi experiencia ha sido así. ¿Si me miraran mal por un pedo o por cagar mientras se están duchando? Pues qué tontería, tú te lo pierdes y adiós, nadie me va a hacer sentir mal por eso.”

Maribel tampoco concibe ya otro modo de convivencia: “Volver a lo de antes, a aguantarme por pudor, sería un retroceso, una desmejora terrible de mi calidad de vida. Ahora mismo llevo cinco años viviendo con mi novio y nos comportamos como yo me he comportado con cualquier amiga. Nos tiramos pedos, nos reímos, cagamos con la puerta abierta o dentro de la misma estancia sin ningún problema, cada uno a lo suyo, hablando o incluso comentando el olor con buen humor. Esto ya es indispensable para mí. No me planteo otro tipo de vida, a mucha gente le parecerá una ridiculez pero tengo claro que es prioritario para mi salud, tanto física como mental.”

En efecto, también hay quien no casa en absoluto con las necesidades de Maribel y prefiere que el tema permanezca oculto, casi como si no existiera. Carmen, de treinta y cuatro años, tiene una visión totalmente opuesta: “No me gusta mucho hablar del tema, me irrita incluso hablarlo ahora. Para mí es cuestión de elegancia, de mantener las formas, de respeto muto básico. Nunca me he tirado un pedo frente a ninguna de mis parejas, ni chicos ni chicas, y tampoco nadie lo ha hecho frente a mí".

"Tampoco ocurre con mis amigos de ningún género ni con mis padres. Si alguien tiene que ir al baño me alejo y le doy privacidad, pero no quiero que nuestro ambiente se vuelva feo y vulgar. Me parece más bonito si eso queda para la intimidad de cada uno. Si un día hay un accidente me puedo reír sin dramatizar pero que no sea la norma”.

A Rafael, de treinta y ocho, le incomoda muchísimo la idea: “Si estando con los amigos a alguien se le escapa un pedo pues hay risas, se le dice guarro porque me parece una guarrada en general, pero en la pareja, o con las chicas en general, es otra cosa. Nunca he visto una mujer tirándose un pedo ni la he oído siquiera, ni siquiera las de mi familia. Y no me gusta la idea. Es que no me gusta ni hablarlo, fíjate. ¿Si un día a mi chica se le escapara un pedo a mi lado o la oyera desde fuera del baño o la pillara sin que se diera cuenta? Tampoco sería decisivo en plan ya no me gustas, no sé si la vería muy diferente, un poco sí, pero está claro que no me gustaría, me descolocaría para mal.”

Cuando Maribel oye hablar de este tipo de rechazo visceral, se ofende: “Más o menos entiendo a quien le resulte fácil contenerse y quiera preservar el glamour o lo que sea aunque para mí sea impensable. Pero si alguien refuerza el tabú especialmente hacia las mujeres, capaz de reírse del pedo de un tío pero no del de una tía, eso a estas alturas me molesta mucho. Me dan ganas de pegarle un pedo en toda la cara a quien sea y que se le quiten todas las tonterías. Somos bichos normales, con organismos que funcionan, no somos hadas. Hasta las hadas tendrán su aparato digestivo, digo yo.”

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