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TODAS TOMARON ESTA DECISIÓN PARA NO SER MADRES BIOLÓGICAS

Hablamos con mujeres que nos explican por qué se ligaron las trompas

Lindy, que ahora tiene 32 años, se ligó las trompas a los 28. Siempre ha sentido la fertilidad como una carga. María, de 37 años, sabe que no quiere ser mamá desde hace 10. Julia, de 28 años, nos explica que quiere ligarse las trompas desde hace al menos siete años. Ellas nos explican sus razones para no ser madres biológicas.

Lindy es bailarina aérea y se ligó las trompas a los 28 años Remitido

La ligadura de trompas e el método anticonceptivo irreversible que más se usa en el mundo: más de 150 millones de mujeres se han esterilizado mediante este sistema. Es de sobra sabido que no todas ellas lo han hecho voluntariamente. Lindy, que ahora tiene 32 años, se ligó las trompas a los 28.

Por nombrar un caso de entre tantos, durante la década de 1990, más de 200.000 mujeres indígenas y campesinas fueron esterilizadas en Perú en el marco de una política de control demográfico dirigida a las personas que vivían en la pobreza.

Las que sí han escogido la ligadura de trompas de forma voluntaria son, en su mayoría, mujeres de mediana edad con hijos deseosas de cerrar el grifo de seres humanos, de, como le dijo un médico a una de las entrevistadas, "apagar una fuente divina que tienes en tu interior".

Sin embargo, en los últimos años empiezan a oírse casos distintos: mujeres que ni tienen ni desean tener hijos, mujeres jóvenes que tienen claro que quieren cerrar esa puerta (principalmente porque no la consideran una puerta, sino más bien un bache en el camino, algo muy alejado de lo que buscan en la vida).

María no quiere ser madre

María, de 37 años, sabe que no quiere ser madre desde hace 10. "Comento abiertamente con la gente que quiero ligarme las trompas y la reacción general suele ser preguntarme que por qué no se hace la vasectomía mi pareja, a lo que yo respondo que la que no quiere ser madre soy yo y que obligarle a él me parece egoísta. Esta decisión es mía, para mi cuerpo, para mí", dice rotundamente.

Lindy siente la fertilidad como una carga

Lindy, que ahora tiene 32 años, se ligó las trompas a los 28. Siempre ha sentido la fertilidad como una carga. "Nunca he querido tener hijos biológicos. Entonces, ¿para qué iba a preocuparme todos los días de tomar anticonceptivos y vivir las consecuencias que tiene para la salud?", explica. Lindy no descarta tener familia, pero le gustaría que, en ese caso, sus hijos fueran adoptados.

Julia entiende de otra manera la familia

Julia, de 28 años, sabe que quiere ligarse las trompas desde hace al menos 7 u 8 años. Sus principales razones para hacerlo son su derecho a elegir sobre su propio cuerpo y particularidades médicas que hacen que los métodos hormonales y otras alternativas no puedan plantearse como opciones válidas.

Julia nunca ha visto con buenos ojos la medicación porque sí y todo lo que se relacione con la industria farmacéutica. "No quiero ser madre biológica, albergo esa convicción desde los 15 o 16 años. Concibo la familia como un acto de convivencia en el que parir no es una condición sine qua non.

Además, en lo que respecta al medio ambiente, las opciones alternativas o que tienen en cuenta a los niños que ya están en este mundo y que necesitan padres y madres son más sostenibles", explica.

Pese a su firme decisión de ligarse las trompas, tanto Lindy como Julia han encontrado muchos obstáculos en el camino médico. Julia, que aún no ha conseguido que le realicen la intervención, aunque se encuentra muy cerca de ello, asegura que, para los médicos, una mujer joven se relaciona siempre con la fertilidad. "¡¡¡¿¿¿Y cómo oso yo cercenar tal privilegio???!!!", ironiza.

Los primeros años, a Julia le fue rotundamente negada la intervención, apelando los profesionales médicos a sus principios.

"Sin embargo, este año decidieron escuchar mi caso y tenerlo en cuenta sin juzgarlo. Ante todo, cuando se ha dado una respuesta afirmativa, se me ha informado, lo cual es un derecho. Me hicieron ser consciente de que el mío es un caso atípico o que no suele presentarse así como así", cuenta.

Finalmente, recibió luz verde por parte de 2 médicos, ambos hombres (previamente había recibido cierta resistencia por parte de una doctora). Su receptividad y profesionalidad, sin juicios o comentarios raros, la sorprendió para bien. Uno de ellos, incluso le dio ciertas instrucciones, indicándole que la vía pública siempre la llevaría a tener que pasar por el Comité de Ética, y que su forma de proceder lo retrasaría todo.

"Hay que firmar muchos papeles o los debidos consentimientos, pero antes o después, todo se aligera y se hace más llevadero", explica.

Lindy se ligó las trompas en Madrid en 2014. "Cuando se lo dije a mi ginecóloga, me miró como si tuviera siete cabezas y exclamó "¡¡¡¿No quieres ser madre?!!!". Después me citó con una psicóloga y un psiquiatra", recuerda.

La psicóloga le dijo que no tenía ningún sentido que estuviese en su consulta, pues la decision de ligarse las trompas era personal. El psiquiatra, en cambio, insistió en que tenía que evaluarla para ver "si era capaz de tomar esa decisión”.

Lindy tuvo que ir a sus citas cada semana durante 3 meses. "Nunca recibí su permiso, que me aseguró que era un paso necesario antes de hacerme la ligadura. Me hablaba de forma condescendiente y parecía disfrutar de decirme cada vez que no, que aún no estaba seguro, y que volviese la semana que viene", explica.

De pronto, sin el permiso del psiquiatra, la llamaron del hospital para citarla para la ligadura.

A la barrera médica hay que añadirle la resistencia social y los prejuicios. En el caso de Julia, tantea a quién puede o no contarle que va a realizarse una ligadura de trompas.

"Se lo suelo contar a personas muy cercanas. Intento hablarlo con hombres tanto como mujeres. Asumo perfectamente que hay diversidad de consecuencias y reacciones... positivas, negativas, como sea). No es algo que vaya a ocultar, pero tampoco se da el contexto social que me permita comentarlo abiertamente y con total tranquilidad... y aún así lo hago, a veces, con cierto descaro, supongo que para visibilizar o concienciar", afirma.

Sin embargo, en ocasiones, incluso en los casos en los que la mujer ya ha tenido hijos, la barrera médica está ahí, firme en su decisión de no cortar la actividad de ninguna de esas "máquinas de procrear" que parecemos ser las mujeres a sus ojos. En el caso de Sabrina, con 36 años una hija de 17 y un hijo de 10.

"Después del nacimiento de Ástor, volví inmediatamente a las pastillas anticonceptivas hasta el año 2015. Ese año decidí que estaba cansada de estar tomando la píldora y empecé a buscar alternativas. Descarté el preservativo y cualquier otro método de barrera porque me resultan anticlimáticos. Así que pronto me di cuenta de que la opción más lógica era ligarme las trompas", me cuenta.

Tras hablarlo con su marido, Sabrina pensó que enseguida estaría operada y lista. Pero no fue así. Tanto su madre como su hermana y sus amigas cuestionaron su decisión.

"Me decían que si era muy joven, que si el día de mañana me separaba de Cristian, conocía a alguien más y ese alguien quería tener hijos, que si me iba a deprimir...", recuerda. Lo que más le chocó fue el planteamiento de su entorno de que tal vez en el futuro conociera a otra persona, formara otra pareja y que esa persona sí quisiera tener hijos y ella no pudiera satisfacerla.

"Yo tenía claro que ya no quería volver a ser madre nunca más. Mi primera hija nació siendo yo muy joven y no tuve tiempo de pensármelo bien. En ese momento en el que sí podía decidir de manera más consciente y madura, me encontré con resistencias donde no pensé que las hallaría", dice.

Su ginecólogo le planteó objeciones similares. "Tuve que insistir una par de veces hasta que finalmente le dije que si me quedaba embarazada él iba a tener dos opciones: practicarme un aborto o criar al niño, porque yo estaba absolutamente segura de que NO QUERÍA MÁS HIJOS", cuenta.

A partir de ese momento, fue un trámite más bien rápido. Sin embargo -detalle importante- su marido tuvo que firmar una especie de consentimiento para que a su mujer se le realizara la operación.

El caso de Sabrina sucedió en Argentina, pero igualmente podría haber tenido lugar en España: las resistencias a interrumpir la fertilidad de una mujer de clase media, con recursos para criar un hijo, no parecen ser las mismas que cuando se esteriliza, ilegalmente y sin consentimiento previo, a indígenas y personas sin recursos.

"En Argentina es una práctica más habitual entre las mujeres de bajos recursos y con muchos niños, a quienes en los hospitales públicos muchas veces se las estimula a realizar este procedimiento, pero entre las mujeres de clase media y media alta es más bien una rareza", explica Sabrina.

Sabrina intenta contar su historia cada vez que se le presenta la oportunidad, como una forma de informar a otras mujeres de que cuentan con esta opción y de que es sencilla, barata y está al alcance de la mano.

"En lo que respecta a la vasectomía, también es un procedimiento legal a partir de la mayoría de edad, pero no conozco un solo hombre que se la haya practicado. No podría saber a ciencia cierta cuáles son los pasos para realizársela, pero sospecho que, si hubiéramos optado porque mi marido se hiciera la vasectomía, yo no habría tenido que firmar ningún papel", dice con firmeza.

Todas estas historias en las que la profesión médica parece centrarse en no cerrar el grifo de la fertilidad a toda costa, chocan tanto con la situación de esterilizaciones forzadas y no consentidas.

Sin afán de sentar cátedra o indicar qué es exactamente lo correcto, puesto que cada persona es un caso, resulta curioso observar la reticencia médica a la hora de esterilizar a mujeres sin problemas aparentes, y, en cambio, la ligereza con la que se liga las trompas o incluso se practican extirpaciones completas de los órganos reproductivos a niñas y mujeres con discapacidad.

En realidad, el nivel de decisión con respecto a su cuerpo que los médicos le otorgan a unas y otras es el mismo: prácticamente ninguno.

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