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personas que recorren a pie distancias inmensas

Hablamos con personas que cruzan España caminando

Ni en avión, ni en coche, ni en tren ni en bicicleta: hablamos con personas que recorren a pie distancias inmensas, convencidas de que otra forma de viajar (y vivir) es posible.

Caminar Libre de derechos

Kant, Proust, Nietzsche o Thoreau tenían algo en común: todos y cada uno de ellos encontraban un incomparable placer en el sencillo acto de caminar largas distancias. De hecho, algunas de las principales ideas que plasmaron posteriormente en sus obras literarias, políticas o filosóficas surgieron, precisamente, durante sus paseos.

“No estamos hechos para ir a nadar o ir en bicicleta, sino para caminar”, me dijo en una ocasión un amigo, curiosamente nadador profesional. Y no le faltaba razón. Nada hay más humano que dar un paso y luego otro, y después otro más. Y pese a ello, en un tiempo en el que acostumbramos a llegar demasiado deprisa a todas partes, recorrer largas distancias a pie parece haberse convertido en un acto casi antinatural.

Hace años que Samuel, un madrileño residente en un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Guadalajara, emprende largos viajes a pie. A veces en solitario. Otras, acompañado. Pero siempre afrontando distancias inconcebibles para la mayoría. En su último viaje, de su pueblo a Tarifa (Cádiz) invirtió 42 días. También ha recorrido distancias inmensas en países como Marruecos, EEUU e Islandia. Siempre, equipado con una sencilla tienda de campaña y durmiendo al raso.

“Creo que es algo que tendría que hacer todo el mundo, al menos una vez al año”, cuenta Samuel. “Cuando viajas a pie salen cosas de ti mismo que no conoces. Te enfrentas a retos a los que cada vez estamos menos acostumbrados: la necesidad de encontrar un sitio seguro donde pasar la noche, la importancia de tener algo para comer y dosificarlo, la soledad o la manera de acercarte a la gente que te cruzas en el camino”.

Parte del encanto de viajes como los que realiza Samuel reside en la poca preparación previa. “Sólo en el último he llevado un teléfono móvil. El resto los he hecho con mapas, y siempre con muy poco equipaje: apenas una tienda de campaña muy ligera (preferiblemente verde para que pase desapercibida) y algo de comer. Evidentemente lo hago por disfrute, pero también porque es una manera de viajar gastando muy poco dinero”.

Entre las cosas que más le hacen disfrutar de esta forma de llegar de un lugar a otro, Samuel lo tiene claro: el horizonte. “Nunca acaba: detrás de una montaña hay otra. Y luego, otra más. Y al final está el mar. Es muy especial comprobar cómo te integras en los paisajes, que cobran una dimensión completamente distinta que cuando viajas en coche o en cualquier otro medio de transporte”, reflexiona.

¿Caminar solo o acompañado? Samuel encuentra ventajas e inconvenientes en ambas. “Si tienes buena compañía puede ser muy gratificante, aunque es fácil acabar discutiendo. Si vas solo, mamas más cada lugar, pero también sufres más la soledad y la incertidumbre. Hay un viejo dicho albanés que dice: “Cuando uno viaja solo, viaja. Cuando viaja con otra persona, discute. Y cuando van tres o más, cantan”. Puede que no le falte razón”, bromea.

Pepe, catalán, ha hecho del caminar toda una forma de vida. Hace casi diez años que lo dejó todo y se echó a la carretera. Y desde entonces, no ha parado. “A veces hay que dar un salto al vacío”, cuenta. “Trabajaba en la construcción y con la crisis me quedé en paro, como mucha gente. Las ofertas que salían eran ridículas: de 6 euros la hora. Me harté y me hice una promesa: no volvería a trabajar para que un desgraciado se compre un coche nuevo a costa de mi vida”.

"Dos semanas más tarde de aquella promesa, y con la casa a cuestas, se fue para no volver nunca. Hasta hoy ha recorrido 11.000 kilómetros por toda la geografía española -“50 arriba, 50 abajo”, apostilla- recalando en pueblos en los que a menudo aporta su trabajo a quien lo puede necesitar. A veces, a cambio de algo de comida. Otras, de manera completamente altruista.

“Lo que más me gusta es vivir cada día algo diferente, conocer a nuevas personas, los momentos de soledad y, lo más importante, la libertad. Cada día soy más dueño de mi vida”, asevera. “Esa es la riqueza que poseo”.

No todo es de color de rosa: a veces surgen imprevistos desagradables. “Siempre temes que alguien pueda ponerte en riesgo”, cuenta Samuel. “En una ocasión apareció un grupo de gente con linternas en actitud hostil: me habían visto llegar y pensaron que quería robar en una finca cercana. Es increíble lo frágil y vulnerable que te puedes llegar a sentir cuando, en medio de la noche, un grupo de desconocidos te sacan medio desnudo de tu tienda de campaña. Afortunadamente, todo acabó bien: al día siguiente me regalaron un tupper con pimientos”, ríe.

La noche es, también para Pepe, uno de los momentos cruciales. “Soy vagabundo, así que duermo donde toca”, explica. “Planto la tienda de campaña en cualquier parte, aunque cada vez evito más los bosques y campos e ontento buscar un sitio techado para evitar el rocío. Utilizo poco los albergues: sólo aprovecho para darme una buena ducha o si está lloviendo y lo tengo complicado para encontrar un buen lugar”.

En un tiempo en que salen a relucir las diferencias entre los distintos territorios de la Península, Pepe pone en valor las similitudes que, al fin y al cabo, nos unen a todos. “Yo no encuentro diferencias”, asegura con contundencia. “Éstas vienen del ego de grupo, de la muchedumbre... yo trato con personas y las personas, en esencia, somos iguales independientemente de la comunidad autónoma en la que estés”, concluye.

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