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LA SERIE DEL INSPECTOR CHEN CAO

Las novelas de Qiu Xiaolong son la mejor vacuna contra el comunismo de China

Las novelas policiacas de Qiu Xialong comprenden la historia de China de los últimos 20 años. En sus páginas, denuncia los excesos del Partido Comunista chino y las desastrosas consecuencias de la Revolución Cultural, de la que su propio padre fue víctima.

Qiu Xialong Agencias

Una manera excelente de conocer un país es a través de sus novelas policiacas; de sus crímenes. Si el asesinato interrumpe el día a día de una sociedad determinada como la hoja de un cuchillo en el agua, entonces el escritor de novela negra tiene la misión de mostrarnos esa cotidianidad que el asesino perturba con su crimen.

Por eso, a los lectores de Agatha Christie o G. K. Chesterton la sociedad inglesa nos resulta tan familiar. De ahí también, probablemente, que los españoles nunca hayamos hablado tanto de los países nórdicos como después del éxito de las novelas de Henning Mankell o Stieg Larsson. No sabríamos lo que es el “hygge” sin las historias de Jussi Adler-Olsen.

Desde el año 2000, China cuenta asimismo con su particular Sherlock Holmes: el inspector Chen Cao. Las novelas protagonizadas por este policía chino son una guía impagable de la vibrante ciudad de Shanghai. También, una vacuna contra el régimen comunista del que logró escapar su autor, Qiu Xialong.

Los hijos de la Revolución Cultural

Corría el año 1966 y, tras casi veinte años de comunismo, China empezaba a virar lentamente hacia la derecha adoptando algunas medidas de corte capitalista. Unos años antes, el “Gran Salto Adelante” (la vertiginosa industrialización del país) había derivado en la “Gran Hambruna China”, después de que millones de campesinos fueran obligados a abandonar la agricultura para producir acero y las cosechas se pudrieran.

Además, una serie de catástrofes naturales había sacudido el país, destrozando los cultivos. Millones de chinos murieron, y por primera vez empezaron a surgir algunas voces contra Mao Zedong en el propio seno del Partido Comunista. Líderes como Liu Shaoqi o Deng Xiaoping emprendieron una serie de reformas económicas más o menos liberales para aupar la economía, a la vez que orquestaban el alejamiento del poder del dictador.

El maoísmo más severo empezaba así a diluirse en las aguas de la Historia, pero todavía Mao alcanzó a dar un último golpe sobre la mesa y recuperar su autoridad. Organizó, para ello, la llamada “Revolución Cultural”, una campaña contra todos aquellos que lo cuestionaban y que, según él, eran partidarios del camino capitalista y, por tanto, traidores de los ideales revolucionarios.

Chen Cao, el policía poeta

Si el “Gran Salto Adelante” afectó principalmente a la población agraria, la “Revolución Cultural” se cebó con los intelectuales, entre quienes se decía que soplaban los “Vientos de Derecha”. Instigados por Mao, los Guardias Rojos recorrieron las ciudades apagando cualquier tipo de pensamiento crítico. Los jóvenes considerados como “instruidos” (para Mao, contaminados por Occidente) fueron deportados al campo para ser reeducados por los campesinos.

A Qiu Xialong (Shanghai, 1953) lo salvó T. S. Elliot. Cuando en 1989 los estudiantes chinos salieron a protestar contra el régimen comunista a la plaza de Tiananmen y fueron masacrados por el ejército, Xiaolong se hallaba en los Estados Unidos traduciendo la obra del poeta inglés con una beca. Temiendo correr la misma suerte que sus compatriotas, decidió quedarse allí. Desde entonces, trabaja como profesor en la Universidad de Saint-Louis, tarea que compagina con la escritura de las novelas policiacas que le han hecho famoso.

El propio Chen Cao, protagonista de estos libros y alter ego de Xialong, es una rara avis dentro de la policía de Shanghai: licenciado en idiomas extranjeros, de joven el inspector quería ser escritor. Sin embargo, en los ochenta, era el gobierno chino quien decidía el futuro profesional de los licenciados, y al inspector Cao las autoridades le asignaron un cargo de policía, frustrando así su vocación literaria.

Por eso en la novela le oímos citar continuamente algunos versos que le vienen a la cabeza mientras resuelve sus casos. Él es el encargado de guiarnos por las fascinantes calles de Shanghai, sus restaurantes (el inspector Cao es un verdadero gourmet) y, también, de denunciar el perverso gobierno de Deng Xiaoping y sus sucesores.

Cuando el rojo es negro

Doce años después del inicio de la Revolución Cultural, el reformista Deng Xiaoping, que había sufrido en sus propias carnes la represión de los Guardias Rojos, subió al poder y emprendió una serie de medidas liberales para abrir el mercado chino.

A partir de entonces, importantes empresas como Coca Cola empezaron a operar en el país, y poco a poco China fue saliendo de la pobreza. Pero si bien la economía quedó liberada del yugo comunista y las puertas del país se abrieron a los inversores extranjeros, la democracia quedó fuera de la fiesta y el Partido siguió ejerciendo un poder sin límites. Una peligrosa mezcla (lo peor del capitalismo y del comunismo se mezclan en China igual que un matrimonio incestuoso) que conduciría irremediablemente a una corrupción brutal.

Precisamente el misterio que vertebra el libro “Muerte de una heroína roja”, la primera y mejor de las novelas protagonizadas por el detective Chen Cao, parte de esa contradicción del comunismo chino. Tras una serie de pesquisas, el inspector Cao descubre que el cuerpo con el que se abre la novela pertenece a Guan Hongying, una trabajadora modelo famosa por su lealtad al Partido que mantenía en secreto una relación con el hijo de un “cuadro superior”.

La autopsia que se le practica al cadáver desvela la doble vida de la heroína roja: horas antes de ser asesinada, Guan cenó un carísimo caviar ruso. Sin embargo, Guan, valedora ejemplar de la causa comunista, llevaba una vida extremadamente humilde, y el caviar era un producto fuera de su alcance.

Pronto esa ración de caviar ruso macerándose en el estómago de la joven resulta ser un elemento casi iniciático en la comprensión del “enigma de China”.

El enigma de China

Basta con rastrear esa especie de nueva clase social china, los denominados “tuhao”, adictos a los Rolex y a los iPhones bañados de oro, para darse cuenta del hambre voraz con que despertó el país chino tras los años del comunismo de Mao. Es lo que Xialong llama “el enigma de China”, que en una de sus novelas explica así:

“Existe un popular lema político, socialismo con características chinas, que sin duda abarca muchas características enigmáticas. Conductas consideradas socialistas o comunistas en los periódicos de nuestro Partido pero que en la práctica son en realidad capitalistas, de un capitalismo primitivo que favorece el amiguismo, así como completamente materialistas.”

Esa es, precisamente, la idea presente a lo largo de toda la obra de Qiu Xialong y que una y otra vez denuncia en sus libros: ningún capitalismo es tan salvaje como el comunista chino. Como dice un refrán francés, “Las nalgas del diablo son las mejillas de Dios”. Xiaolong diría que el látigo de Mao se ha convertido en un cinturón de Hermés. Y el rojo, en negro.

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