ME FALTAN DEDOS
Cada cuatro años es un año bisiesto en el que se añade un día más para ajustarnos temporalmente. Eso es lo que decimos de forma habitual, pero esa frase se deja atrás un matiz muy importante respecto al funcionamiento cósmico.
A lo largo de los 12 meses de cada año tenemos un total de 365 días. Esto causa un problema muy evidente: no se pueden dividir de forma equitativa, y es por eso que tenemos meses de 30 días, de 31 días… ¡y hasta uno de 28 días! Excepto cuando tiene 29 días, claro.
Partamos de la base, ¿cómo medimos un año grosso modo? Es el periodo que tarda la Tierra en completar una vuelta al Sol. Cada cuarto de ese trayecto es una estación y de ahí surge la necesidad de medir los años para poder encajar todo donde debe.
La cuestión es que, por mucho que digamos, ese periodo de vuelta al Sol no se corresponde de forma exacta con el método que usamos para medirlo. Si nos mantenemos sin más en los 365 días, eso hace que poco a poco se acabe variando el dónde caen las estaciones. Si pasan cientos de años, acabas teniendo el tiempo caluroso en Navidad.
Cuando pasa un ciclo de día y noche, se ha completado un día (definición de brocha gorda). Eso es útil para, valga la redundancia, el día a día rutinario, pero no se corresponde con los años. Porque cada día es una vuelta de la Tierra sobre sí misma, un movimiento que no tiene relación con el movimiento de la Tierra alrededor del Sol.
Por tanto, al medir usando 365 días, cada año acumula un cuarto de día extra que no va a ningún lado. Por eso cada cuatro años se establece un año bisiesto de 366 días que vuelve a regular el calendario para dejar todo más o menos sincronizado una vez más.
La cosa con este sistema es que, a la larga, añade un día extra… algo que se soluciona saltándose los años de cambio de siglo. Los 1600, 1700, 1800, 1900 o 2000. Excepto que no del todo, dado que sigue habiendo inconsistencias. ¿Cómo se arreglan? Los años de cambios de siglo divisibles entre 400 sí son años bisiestos, y por eso el año 2000 contó con 366 días.